St. Petri | Sigurd Lewerentz | Capítulo 2

Crónica de lo Inexplicable

 

 

 

IMPRESIONES DE UN PRIMER ENCUENTRO

¿Por qué St. Petri se niega a mostrar por fuera, lo que realmente es por dentro? 

¿Cuál es la razón por la que el arquitecto decide no hacer evidente el carácter sagrado del edificio? 

Si tomamos como referencia la teoría de Robert Venturi y Scott Brown en relación a la configuración arquitectónica, una de las vertientes entiende al hecho arquitectónico como el producto del encuentro entre dos elementos: una caja contenedora de actividades cuya función es albergar, a la que se le aplica una mascara cuya función es comunicar. Por otro lado, la hipótesis denominada “Pato”, hace referencia aquellos edificios cuya capacidad de albergar como de comunicar se presentan de manera conjunta, evidente y figurada.

St. Petri parece no corresponder a ninguna de ellas. No se trata de un galpón con señales o subtítulos que evidencien lo que sucede dentro, y tampoco es un edificio con formas, figuras  o alegorías de carácter religioso.  Lo que ante nosotros se presenta es una obra cuya función mediante una lectura externa es difícil de adivinar. A primera vista y de lejos, parece un pequeño edificio industrial implantado en un entorno residencial.

 

“Las dualidades exterior-interior, contenedor-contenido y profundidad-superficie son facetas inherentes a casi todo, y al mismo tiempo se expresan de las más diversas maneras. En ocasiones sucede, pero no siempre es preciso evidenciar por fuera, lo que se experimenta realmente por dentro.

St. Petri recurre a la musicalidad de sus campanas para expresar sus temporales estados internos” 

Ingreso | © Anders Clausson 

EL INGRESO A LA CASA DE UN DIOS HUMILDE

Como si se tratase de una catacumba, a St. Petri se ingresa por una rendija. 

El suelo del callejón en leve pendiente declina, y esto se traduce en un amable y silencioso empujón al visitante que sin querer se aproxima. Todo insinúa que allí, al final de aquel pasaje, algo acontece. Lejos de ser un ingreso grandilocuente y anunciado, es más bien una puerta secreta apostada sobre uno de los lados al final de un callejón sin salida. Una figura de cinco listones de madera señala para quién comprenda, cual de todas las puertas es la correcta.

Tuve la suerte allí de ser recibido por Anders Clausson, el custodio de St. Petri, quien al respecto comenta:  

“Si la puertas del paraíso no son fáciles de encontrar, porque el ingreso al edificio habría de serlo.”  

El campanario se oculta en la parte superior del volumen más alto y sus paredes se abren como escamas para permitir que el sonido de Pedro, Andreas, Paulo y Tomas comuniquen lo que en el interior de St. Petri está sucediendo. Las cuatro campanas con nombre de apóstoles se diferencian por su tamaño, peso, y por tanto, vibraciones sonoras, tonos y efectos. Cada una de ellas resuena en diferentes ocasiones: Pedro (1.200 kg) lo hace los Domingos y anuncia la congregación, Andreas (500 kg) cada día a las 8am y  6pm demarcando la jornada, Paulo (700kg) conmemora una despedida, y Tomas (300 kg) celebra un nacimiento y una bienvenida; cuando la unión entre dos seres acontece, las cuatro campanas resuenan al unisono.      

Campanario | © Anders Clausson 

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