St. Petri | Sigurd Lewerentz | Capítulo 4

Crónica de lo Inexplicable

 

 

 

LA CAVERNA RECTANGULAR

© Anders Clausson 

Los muros de la cueva rectangular son espesos, muros dobles con cuerpo como una antigua fortaleza. Es un espacio penumbroso cuyos rincones se esconden tras la oscuridad, la temperatura es uterina y el aroma incienso.

Se ingresa por una de las esquinas a través de una abertura sin carpinterías, y la vista tiende a irse inmediatamente a una cruz Teutona de acero Corten de unos seis metros de alto, que pivota en el aparente centro del espacio. Como si se tratase de un gigante de acero, la cruz soporta sus hombros dos largas vigas sobre la que se sostiene un cielo abovedado de ladrillos y del que cuelgan luminarias cilíndricas como estrellas.  

La atmósfera es una penumbra general con sólo algunos breves puntos de intensidad. Dentro de la estable oscuridad, el dinamismo lo aportan el cielo raso abovedado, vibrante y estrellado, y las llamas de velas que temblorosas arden.

La cueva solo cuenta con cuatro orificios por los que cuando pueden y se atreven, algunos haces de luz solar se cuelan. Las ventanas en St. Petri son oquedades puras, producto del encuentro externo y delicado, entre muro rugosos y paños acristalados. 

Al ingresar, el suelo se agrieta y ondula frente a uno, generando una fisura donde resuena una gota que rebalsa de una preciosa concha. El sonido viaja a través del silencio a cada rincón de la caverna y las vibraciones sonoras reverberan en pequeñas concavidades que como deformaciones en la roca, tapizan sus muros. 

De un momento a otro, el suelo comienza a empujar hacia la gran mesa, donde sólo se permite sobre, el pan y vino. Sin haberlo notado, todo el tiempo habías estado caminando sobre un suelo inclinado de más de un treinta por ciento.   

Todas las superficies de la cueva son elaborados tapices, manufacturados con ladrillos y mortero. Una interrupción en el continuo de mampuestos o un cambio de patrón son una marca, una señal o una insinuación. Pareciera que nada ha sido producto del azar y al mismo tiempo, todo resulta profundamente natural. Quizás, ésta sea una de las características posibles de encontrar en todo «bello artificio» creada por el hombre. 

La cueva rectangular está desprovista de figuras, adornos y alegorías religiosas, pero repleta de metáforas, alusiones y profundos significados. La atmósfera predispone a la pausa, motiva la introspección y promueve la meditación.

En intervalos de cuarenta segundos, lo inexplicable sucede al resonar el eco de una diminuta gota que nada a través del silencio e impacta en nuestra soledad. Puede que la experiencia en su conjunto, reactive una extraña y primitiva memoria, sensaciones y sentimientos impresos en nuestro inconsciente colectivo. 

Quizás, lo que acontece dentro de la caverna rectangular, sean reminiscencias de aquel primer encuentro hace miles de años entre un ser humano, una llama furtiva y una gota que resonaba escurridiza en la penumbra de una cueva perdida.

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